Me dice José ‘Pirri’ Quereda, vía WhatsApp, que todo el Mundial ha tenido «buena vibra» con España pero que no le gusta tener a Argentina en frente y me pregunta cómo veo el partido. Por la misma vía, contesto: A nadie le gustaría tener a Argentina enfrente. Pero esa es la realidad. Si Gustavo Alfaro, entrenador de Paraguay, definió a la Francia de Mbappé, Dembélé y Olisse, como una tormenta eléctrica, Argentina podría ser un tsunami. Una ola gigantesca que no la ves venir y de pronto, de un momento a otro, te arrolla. Te ahoga. Te mata. Pero la realidad es esa: España tiene enfrente a Argentina. Y para ser campeón del Mundial 2026 hay que solventar, de la mejor manera, ese tsunami. La selección de de la Fuente tiene los medios (literal y metafóricamente hablando) para detener ese fenómeno climático en que se ha convertido el equipo de Lionel Scaloni. ¿Cómo se para un tsunami? La sabiduría de las poblaciones en las costas e islas del Pacífico Sur, que son los que más los han sufrido a lo largo de los años, explican que un tsunami no se frena. No se interrumpe. Es imposible. Lo mejor, si lo sabes con antelación, es esperarlo. Tomar precauciones necesarias, como por ejemplo; subir a las zonas más altas del lugar, y dejarlo pasar. Dejar que el fenómeno, con su ímpetu, se ahogue a sí mismo. Y cause el menor destrozo. Eso tiene que hacer España con Argentina. Subir a las zonas altas y cuando el violento movimiento de la ola gigantesca haya pasado y las aguas estén tranquilas, aprovechar el momento y salvar la vida. Buscar rescatar el gol. Para eso tiene un gran equipo de salvavidas, dignos de navegar en el Open Arms: Rodrigo, Oyarzabal, Merino, Porro, Cucurrella, Olmo, Simon, etc… Ahora, pasado el tsunami, que tiene que ver con lo colectivo, con el equipo; Argentina tiene otro fenómeno climático independiente, con el que hay qué contar y que los expertos no han podido catalogar. De momento lo han denominado provisionalmente Masa Extraordinaria Salvaje Silenciosa e Inteligente (M.E.S.S.I.) ¿Quizás allí esté la diferencia de la final de fútbol del Mundial 2026, que enfrenta a un tsunami contra los rescatistas del Open Arms?
Campeones de Las Malvinas
Qué si vi el partido Inglaterra-Argentina? ¿Qué si mereció ganar Argentina? Me pregunta José Diago, vía WhatsApp, y por la misma vía contesto: el fútbol, como la vida, no es de merecer. Es de buscar todo, para ganar. Eso hizo Argentina y así consiguió el pase a la final del Mundial 2026. Inglaterra se acordó de lo que siempre ha sido ese país, en manos de los «tories»: conservador, tacaño, egoísta, rácano, cicatero. Y a eso jugó en Atlanta. Por eso perdió. No se puede ir ganando un partido y ponerse a defender con línea de 5 y hasta de 6. Tuchel jugó a ser la Thatcher contra los mineros en 1984 y el tiro le salió por la culata. Eso ha confirmado lo que ya estaba en boca de muchos: Tuchel es un espía alemán, para derrotar a Inglaterra, desde dentro, y vengar la derrota de la Segunda Guerra Mundial ¿O no Churchill? Y si a alguien le queda duda del poderío argentino sobre los ingleses, que cuente las veces que la pelota rebotó en los palos. La FIFA ya debería estar pensando una nueva regla: medio gol por cada vez que el balón golpee en los postes. ¿O no Mac Allister? Así nos evitaríamos alargues eternos y los porteros que llevan, en el botellín del agua, los nombres y formas de tirar los penalties los jugadores del equipo contrario. Eso no es planear. Eso es jugar a la derrota. Coming Home? ¡No! El fútbol se fue de casa y no volverá jamás. Bye!
La hora del Cholo Simeone
Diego Pablo Simeone rara vez está sentado durante un partido de fútbol. Le da lo mismo que sea contra el Real Madrid o el Sant Andreu, equipo contra el que lo seguí al ver jugar a su “At-letico”, en Barcelona, por los dieciseisavos de final de la Copa del Rey, en el estadio Narcís Sala. Vestido de camisa blanca, chaqueta negra y pantalón del mismo color, el Cholo se mueve en el banquillo como una pantera enjaulada. La mayor parte del juego lo pasa en el área limitada para los técnicos. Casi quiere mezclarse con los jugadores en la cancha, porque se siente uno más de ellos y no un técnico de corbata y zapatos de calle. Camina. Gesticula. Mueve los brazos. Grita. Reclama al árbitro, central o asistente. Alienta a los hinchas a animar. Algunos fanáticos colchoneros pagan la entrada por verlo a él. Argumentan que mienten los dicen que Simeone dejó de jugar al fútbol. “Sólo se movió de lugar en el campo”, afirman.
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Publicado en el diario El País, abril 6 de 2014




