Me dice José ‘Pirri’ Quereda, vía WhatsApp, que todo el Mundial ha tenido «buena vibra» con España pero que no le gusta tener a Argentina en frente y me pregunta cómo veo el partido. Por la misma vía, contesto: A nadie le gustaría tener a Argentina enfrente. Pero esa es la realidad. Si Gustavo Alfaro, entrenador de Paraguay, definió a la Francia de Mbappé, Dembélé y Olisse, como una tormenta eléctrica, Argentina podría ser un tsunami. Una ola gigantesca que no la ves venir y de pronto, de un momento a otro, te arrolla. Te ahoga. Te mata. Pero la realidad es esa: España tiene enfrente a Argentina. Y para ser campeón del Mundial 2026 hay que solventar, de la mejor manera, ese tsunami. La selección de de la Fuente tiene los medios (literal y metafóricamente hablando) para detener ese fenómeno climático en que se ha convertido el equipo de Lionel Scaloni. ¿Cómo se para un tsunami? La sabiduría de las poblaciones en las costas e islas del Pacífico Sur, que son los que más los han sufrido a lo largo de los años, explican que un tsunami no se frena. No se interrumpe. Es imposible. Lo mejor, si lo sabes con antelación, es esperarlo. Tomar precauciones necesarias, como por ejemplo; subir a las zonas más altas del lugar, y dejarlo pasar. Dejar que el fenómeno, con su ímpetu, se ahogue a sí mismo. Y cause el menor destrozo. Eso tiene que hacer España con Argentina. Subir a las zonas altas y cuando el violento movimiento de la ola gigantesca haya pasado y las aguas estén tranquilas, aprovechar el momento y salvar la vida. Buscar rescatar el gol. Para eso tiene un gran equipo de salvavidas, dignos de navegar en el Open Arms: Rodrigo, Oyarzabal, Merino, Porro, Cucurrella, Olmo, Simon, etc… Ahora, pasado el tsunami, que tiene que ver con lo colectivo, con el equipo; Argentina tiene otro fenómeno climático independiente, con el que hay qué contar y que los expertos no han podido catalogar. De momento lo han denominado provisionalmente Masa Extraordinaria Salvaje Silenciosa e Inteligente (M.E.S.S.I.) ¿Quizás allí esté la diferencia de la final de fútbol del Mundial 2026, que enfrenta a un tsunami contra los rescatistas del Open Arms?
Campeones de Las Malvinas
Qué si vi el partido Inglaterra-Argentina? ¿Qué si mereció ganar Argentina? Me pregunta José Diago, vía WhatsApp, y por la misma vía contesto: el fútbol, como la vida, no es de merecer. Es de buscar todo, para ganar. Eso hizo Argentina y así consiguió el pase a la final del Mundial 2026. Inglaterra se acordó de lo que siempre ha sido ese país, en manos de los «tories»: conservador, tacaño, egoísta, rácano, cicatero. Y a eso jugó en Atlanta. Por eso perdió. No se puede ir ganando un partido y ponerse a defender con línea de 5 y hasta de 6. Tuchel jugó a ser la Thatcher contra los mineros en 1984 y el tiro le salió por la culata. Eso ha confirmado lo que ya estaba en boca de muchos: Tuchel es un espía alemán, para derrotar a Inglaterra, desde dentro, y vengar la derrota de la Segunda Guerra Mundial ¿O no Churchill? Y si a alguien le queda duda del poderío argentino sobre los ingleses, que cuente las veces que la pelota rebotó en los palos. La FIFA ya debería estar pensando una nueva regla: medio gol por cada vez que el balón golpee en los postes. ¿O no Mac Allister? Así nos evitaríamos alargues eternos y los porteros que llevan, en el botellín del agua, los nombres y formas de tirar los penalties los jugadores del equipo contrario. Eso no es planear. Eso es jugar a la derrota. Coming Home? ¡No! El fútbol se fue de casa y no volverá jamás. Bye!
‘Colombia 86’

‘Colombia 86’, el Mundial de fútbol que nunca se hizo en ese país suramericano, cobra vida en esta novela gráfica. A pesar de haber sido elegida como sede en el congreso de la Fifa de 1974, de Frankfurt, para hacer el campeonato de en 1986, las grandes multinacionales vetaron a Colombia y la dejaron sin torneo. Lo que la realidad no pudo, el cómic y la narrativa literaria sí lo logran. Por fin, Willington Ortiz juega un Mundial. Justicia futbolística y literaria. Incluye selección Colombia en el Álbum Panini. Fútbol de medias caídas y campos de barro. Pitazo inicial. Búscalo en tu librería de confianza. Endavant!
Disponible en:
‘Colombia 86’: ¡sí se pudo!

Lea toda la entrevista en el diario EL TIEMPO, de Colombia, sobre la novela gráfica ‘Colombia 86’.
¿Qué cuentan las crónicas?

En noviembre de 2011, para la revista Gaceta, de Colombia, entrevisté a Martín Caparrós. El escritor argentino recién había ganado el premio Herralde de novela, por su novela ‘Los Living’.
Durante la conversación, en la terraza del hotel Condes, en Barcelona, además del premio y otros temas, también abordamos, ¿cómo no?, el tema del fútbol y la literatura.
Citando a Juan Villoro, le pregunté si concordaba con el mexicano, su amigo y colega, en la idea que éste sostiene, que es muy difícil hacer del fútbol, literatura, «porque en sí, ya está contenida esa idea de épica dentro del mismo juego…».
Caparrós contestó afirmativamente. «Sí, yo suelo decir que el fútbol es un relato tan bien armado, que es difícil hacer de eso un relato por otros medios. Es un relato hecho de eso, de corridas, de pelotazos y de una épica propia que, después para trasladarla a otra, como es la estructura narrativa de un texto, tiene sus problemas. Pero, sin embargo, hay maneras de intentarlo».
«Hay maneras de intentarlo», dijo el autor de, entre otras muchas obras, ‘Namérica’,’El Hambre’ y ‘Boquita’. Traigo a colación el recuerdo de esa conversación y la respuesta de Caparrós: «Hay maneras de intentarlo»; porque eso es lo que hace precisamente Javier López Menacho, con su más reciente libro: ‘Cuentan las crónicas’, de Rasmia Ediciones.
López Menacho lo intenta y salé bien librado en este partido de fútbol convertido en novela. ‘Cuentan las crónicas’ es una historia coral, como el fútbol, donde prevalece la función del equipo y no la brillantez individual. Es una narración en la que confluyen otras digresiones, que alimentan la trama y desarrollan con fluidez el hilo narrativo. Gol.
‘Cuentan las crónicas’ es fútbol sin gluten. Balompié real. Sin VAR. Ese de campos de Tercera, o Cuarta división, en las que sobreviven futbolistas de barrio, cuya nómina no alcanza a llegar a fin de mes. ¿Les suena de algo? Futbolistas de a pie que, agobiados por la precariedad, intentan otras maneras de salir adelante en la vida. A veces… transitando caminos por los que no se debe andar. Fuera de lugar.
‘Cuentan la crónicas’ también es el homenaje de un autor nacido en Jerez de la Frontera a un escritor universal, como Gabriel García Márquez, y su ‘Crónica de una muerte anunciada’. Obra de la que López Menacho se nutre para darle forma a esta manera de intentar hacer de fútbol, literatura. «Jugada de laboratorio, a dos toques», diría un narrador de fútbol en radio. Tiro Libre.
Y es que siempre hay maneras de intentarlo... ¿o no, Martín? ¿O no, Javier? No sólo hacer del fútbol, literatura, sino todo en la vida. Y eso es lo importante: el valor de intentarlo. Y López Menacho no sólo lo intenta, sino que sale avante y gana por goleada. Pitazo final.

La despedida de la Liga de Fútbol Profesional de España

Se terminó la Liga de Fútbol Profesional de España. LFP por su sigla de identidad para vender al exterior. LaLiga. Su marca de competencia frente a la Premier League, la Serie A, la Ligue 1 o la Bundesliga. Finalizaron las 38 jornadas de la temporada 2017-2018 que dejaron como campeón a un claro y muy superior F.C. Barcelona. Se terminó una Liga que se hizo larga. No por la ventaja y el claro dominio de los azulgranas frente a los demás equipos, sino porque al cierre, con tantas despedidas y «pasillo no, pasillo sí», no se veía el final.
Se despidió Andrés Iniesta. Se irá con sus vinos manchuelos al fútbol japonés, al chino, al catarí, al australiano o terminará jugando pachangas con Ronaldinho y demás en el Barça Legends. Fernando Torres dijo adiós al Atlético Madrid. Torres, que no es tan niño, escribió en su carta: “Gracias por tanto y perdón por tan poco”. Tiene 34 años. Los mismos que Iniesta. Los dos campeones de Europa y del Mundial con ‘La Roja’. Es el fútbol. La vida. Un viejo conocido de Torres: Rafa Benítez, y que ya lo tuvo en el Liverpool y Chelsea, lo quiere en el Newcastle. It is true, Rafa?
Otro que se marchó fue Xabi Prieto. El 10 de las últimas 15 temporadas en la Real Sociedad. El 10 que tentó un par de veces el poderoso vecino, el Athletic Club, pero pudo más la fidelidad. Vaya cosa más extraña en el fútbol. No lo digo con el ánimo de torpedear matrimonios. Xabi, con be, también forma parte del club de los 34 años. Su equipo diseñó una camiseta especial para su último partido, contra el Leganés, en Anoeta. El escudo se transformó en otro con su cara. Metonimia futbolera. Fútbol para coleccionistas.
Iniesta y Xabi, con be, se abrazaron en el último partido de los dos como profesionales en el Camp Nou. Intercambiaron besos, recuerdos y placas. Uno cuelga las botas. Más pronto que tarde quizás lo veamos en el banquillo, dirigiendo a los de Anoeta. El otro, Iniesta tiene que ingresar dinero para seguir con sus vinos. Se sacará el certificado como entrenador pero será extraño verlo dirigiendo un equipo como míster. Tiene más de maestro de vino que de fútbol, sabiendo más de lo segundo que de lo primero.
Otro que se despidió fue el árbitro David Sánchez Borbalán. Después de 32 años, el almeriense dejó el pito. No hubo ruido ni muchas páginas ni hagiografías. Ser árbitro no vende en un país sin justicia. Solo lo acompañó y aplaudió su familia en San Mamés durante el Athletic Club-R.C.D. Espanyol.
Otro Xavi, Hernández, se emocionó y lloró en la despedida de Iniesta. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas se le han hecho. No más, por favor. “Iniesta: ¡vete ya!”. Se bajó el telón de la Liga de Fútbol Profesional 2017-2018. Liga en la que el Real Madrid desempeñó el trabajo de un doble en una película de acción. Estuvo allí para las escenas peligrosas pero no mostró su cara. Ni siquiera le tocó el papel de extra sin parlamento. Todas las castañas las puso al fuego en la Champions League. Los merengues se jugarán todo al 26-M. Ya veremos si le sale bien. Si no… ¿Bon voyage, Zidane? Se acabó la Liga. Nos queda Rusia 2018. Que es lo mismo decir, la despedida mundial de Iniesta. Otra más.
Leicester David
Si tuviera un hijo, ya mismo, sin dudarlo, le llamaría Leicester. Y si fuera hija, también: Leicester. Claro, tendría que luchar contra el “¡no!” rotundo de mi pareja. “¡¿Cómo se te ocurre?!”, diría ella ante mi propuesta con leve tufo a pub inglés. Tratando de convencerla, le hablaría de los 132 años de fundado que lleva el club británico. Buscando más argumentos, sacaría tiempo para mostrarle los vídeos de los 37 partidos jugados en el campeonato de la Premier League, que lo llevaron a obtener su primer título, durante la temporada 2015-2016. Me haría de armas a tomar e intentaría desglosarle jugada a jugada, como si fuera el mismísimo Pep Guardiola o Diego Simeone, el sistema o dibujo táctico del equipo.
Si tuviera un hijo o hija, en este momento, le pondría de nombre Leicester. En mi tarea difícil de persuadir a mi esposa, le contaría de cómo, al principio del campeonato, nadie daba un penique por el equipo, que terminó 14 el año pasado y que esta temporada solo buscaba salvarse de la maldición del descenso. A manera de chisme o cotilleo, le diría que, cuando conoció quién sería el entrenador para este curso, Gary Lineker, mítico exjugador del equipo, de la selección inglesa, y del FC Barcelona, escribió en su Twitter, el día 13 de julio de 2015, a las 6 horas, 24 minutos, de la tarde: “¿Ranieri? ¿Really?”. Mensaje que fue “retuiteado” 19.712 veces y que logró 10.927 “me gusta”. Hoy, casi un año después, Lineker es otro que se ha subido al bus de la victoria. El exgoleador forma parte de la turbamulta que alardea con el “¡Je suis Leicester!”.
En este punto, ya envalentonado, le diría a mi mujer que, por mi parte, se llamará Leicester. Sólo por el simple hecho de haber demostrado que con una nómina titular fichada a costo de menos de 25 millones de euros, en tiempos de hiperinflación futbolera, le dio cara, enfrentó y venció a los grandes de la liga de fútbol más competitiva, mejor organizada y, si se puede hablar de estética, más bonita. Sí, que le dio batalla y puso en su sitio a los dos Manchester y a los londinenses Totthenham y Arsenal.
Me imagino a Leicester, niña o niño, corriendo por la guardería o saltando en el parque del barrio, tropezando con las raíces de los árboles y volviéndose a levantar con la cara llena de arena. Ya lo veo o la veo y la sonrisa se me dibuja en el rostro. No sólo por la pequeña o el pequeño sino porque cada vez que lo observe o la observe, la recoja o lo recoja en mis brazos, ni hablar de cuando la llame o lo llame: “¡Leicester!”, recordaré el día en que un equipo pequeño venció a los más grandes de su campeonato. Cuando el fútbol puro y pobre venció al aburrido y multimillonario fútbol moderno.
Pensando así, quizás, solo para mantener el buen clima de la relación, y en aras de ceder en la negociación del proceso de hallarle un nombre “normal” a un hijo o hija, tal vez en ese momento, consideraré la opción de un nombre compuesto. ¿Qué tal Leicester David? Dicho sea de paso, sin importar que sea niño o niña.
El doctor del fútbol
Un colombiano se dio a la tarea de investigar las raíces y el desarrollo de las letras iberoamericanas sobre el deporte más popular en el mundo. Como resultado, entre novela, cuento y poesía, encontró 110 libros que analiza en su tesis doctoral ‘Literatura y fútbol: otros horizontes de la literatura en España e Hispanoamérica’, presentada en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Se llama Luis Alejandro Díaz Zuluaga y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que es el único doctor especialista en literatura y fútbol que tiene Colombia. Y, claro, como tantos otros investigadores, Díaz Zuluaga es otro científico social -cerebro fugado, dirían algunos- que se labra su futuro fuera de ese país.
Nacido en Bogotá un 1 de febrero de 1978 y con una licenciatura en Literatura de la Universidad Javeriana, este furibundo hincha de Millonarios hace cinco años aterrizó en España. Primero, en Madrid. Ciudad en la que hizo un máster en Filología hispánica, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, (CSIC), que se puede considerar el primer tiempo de su trabajo académico. Actualmente vive en Barcelona. A la capital de Cataluña vino para seguir sus estudios, en forma de doctorado, en la Universidad Autónoma de Barcelona, y disputar el segundo tiempo de ese partido personal que lo enfrenta con el tema de la literatura y el fútbol.
Después de siete años de investigación, Díaz Zuluaga presentó su tesis Literatura y fútbol: otros horizontes de la literatura en España e Hispanoamérica, dirigida por el escritor, periodista y profesor español Fernando Valls, ante un jurado que le dio el aprobado para alcanzar el título de doctor. En este partido no hubo necesidad de alargue ni mucho menos de definición con tiros desde el punto penal. Lo suyo fue una victoria por goleada. En Barcelona, en un estadio de fútbol, el Nou Sardenya de Gràcia, hablé con él sobre su tema de investigación: la pelota y las letras.
¿Cuándo y por qué decidió hacer una investigación de doctorado sobre el fútbol en la literatura hispánica?
Cuando leí los primeros cuentos de fútbol que conocí, que fueron los de Osvaldo Soriano, vi que ahí había un campo de investigación que me interesaba mucho. Pensé que sería suficiente con una tesis de maestría, pero fue apareciendo mucha bibliografía y no tuve más remedio que meterme en un doctorado para poder tener un conocimiento real del tema.
Si se puede hablar de una relación, ¿qué tipo de relación tienen el fútbol y la literatura?
Creo que tienen una relación simbólica, es decir, ficcional, de mentiras, de juego, de ilusión. Por eso pueden darse la mano sin problema.
¿Cuál es la obra más antigua que encontró?
En español, el cuento de Horacio Quiroga: Juan Pólit-Half Back. Supongo que en el mundo anglosajón debe haber algo del siglo XIX. De hecho hay rastros en Shakespeare y en el Popol Vuh. Sin embargo, allí se habla de deportes muy parecidos al fútbol que no son el que nosotros jugamos. Sobre este fútbol moderno, por llamarlo de alguna manera, el primer cuento en español es el de Quiroga.
¿Cuál es la más reciente?
Mercado de invierno, de Philip Kerr, en el mundo anglosajón.
¿Y en el mundo hispánico?
Creo que La inmensa minoría, de Miguel Ángel Ortiz, publicada por Random House.
¿Cuántos libros componen su investigación?
Ciento diez libros entre novelas, cuentos y poseía. Además de algunos de crónicas y unos pocos de teoría.
De acuerdo con su criterio ¿cuál es el más extraño? ¿Cómo lo encontró?
Hay dos libros inesperados: Uno de cuentos de fútbol cubano, -donde el fútbol no representa ningún interés más allá de seguir por TV ligas europeas-, y una antología de textos literarios sobre fútbol hecha en Honduras por una mujer.
¿Cuáles son los títulos de esos libros?
Cábalas y amuletos, de Ariel Lunar; y La garra catracha, de Helen Umaña.
Su investigación comprende la literatura hispánica en cuanto al fútbol desde géneros como la novela, el cuento y la poesía, si le tocará escoger un poema de los encontrados en su investigación para hacer enamorar a alguien de la pelota, ¿cuál escogería y por qué?
No escogería nada de literatura. Le regalaría una pelota y lo acompañaría a un parque a patear penaltis, o lo invitaría a ver una repetición de la final de la Champions entre el Liverpool y el Milan del 2005. Ahora, si el gancho fuera por medio de la literatura con un cuento de Roberto Fontanarrosa sería suficiente. Pero si fuera por medio de la poesía, hay muchos versos con imágenes preciosas en Parra del Riego, o en Canal Feijoó. Pero hay un poema de Blanca Varela titulado: Fútbol. Es la vida.
¿Cómo dice ese poema?
Juega con la tierra / como con una pelota / báilala / estréllala / reviéntala / no es sino eso la tierra / tú en el jardín / mi guardavalla mi espantapájaro / mi atila mi niño / la tierra entre tus pies / gira como nunca / prodigiosamente bella. Es más que una invitación a pensar con los pies, es la certeza de que hay quienes tratamos el mundo a las patadas.
¿Es factible considerar a la literatura del fútbol en español como un subgénero de la literatura?
Es arriesgado. Es atrevido. No creo que sea un subgénero. Creo que es más bien un tema con mucho mercado actualmente y por eso las editoriales piden a sus escritores novelas sobre fútbol.
Hay autores consagrados que dicen que del fútbol es difícil escribir una novela porque el fútbol es épico en su momento, el instante es que es jugado, y recontarlo es imposible. Es decir que no vale una segunda narración, porque lo que estamos viendo ya es y lo demás es tratar de condensar lo imposible… ¿Usted que dice frente a esto?
El problema de escribir una novela sobre fútbol es que se piensa que el éxito está en narrar partidos literariamente. Esto hace que siempre se terminen escribiendo historias que apenas tienen el fútbol como excusa para profundizar otros temas ya que eso le resulta más cómodo y viable al autor. Eso sí, siempre con algún partido de fondo. Pero la cosa es más sencilla de lo que parece: una novela sobre fútbol debe contar una historia en la que la pasión por el fútbol sea el hilo narrativo, en el que una visión de mundo condicionada por la pasión por este deporte altere, incida, influya, marque y explique la vida de un individuo. Incluso no sería necesario un partido de fútbol en sí, sino la ilusión constante de vivir como si la vida fuera un partido de fútbol.
¿Por qué muchas de las novelas de fútbol decantan hacía historias del tipo de la novela negra: muertos, corrupción, detectives que investigan casos?
Las mafias y el mundo oscuro del espionaje y las conspiraciones siempre han estado muy cerca del fútbol. Y esto, teniendo como base lo dicho anteriormente, le facilita al autor “escribir una novela sobre fútbol” aprovechando que hoy en día interesan y venden mucho las ficciones narrativas sobre intrigas. En este caso, el fútbol es apenas un pretexto ya que no son novelas futboleras ni mucho menos.
De acuerdo con su criterio ¿cómo debería ser o en qué debería centrarse una novela de fútbol para ser eso, una buena novela de fútbol?
Una novela de fútbol -eso de buena o mala es un juicio de valor hermenéutico- debe ofrecer la posibilidad de que el lector logre reconocer los elementos por medio de los cuales una persona puede llegar a perder la cabeza -me refiero a darle un vuelco total a su vida, o a empezar a tomar decisiones trascendentales para su vida a la luz del fútbol-, ante la presencia de una pelota de fútbol en su vida. Es eso. Es más: debería también tener las claves a propósito de qué es o de qué elementos está hecha una pelota de fútbol a sabiendas de que una vez llega al pie del hombre, es capaz de robar toda su atención haciéndolo víctima de una situación de juego ficcional, que luego puede llegar a trasladarse a la vida diaria en la mente de ese hombre.
¿Hay futuro para la literatura de fútbol? Más allá de los que se ve cada cuatro años en tiempo de Mundial.
Yo creo que sí. Hay novelas y cuentos muy interesantes que han llamado la atención frente al hecho de que todavía no sabemos qué es lo que nos embruja del fútbol.
Si se hiciera un triangular de literatura de fútbol entre la poesía, el cuento y la novela, ¿cuál saldría ganando? La pregunta va encaminada a qué se escribe más: poesía, cuento o novela de fútbol.
Se publican más novelas, se escriben más cuentos, pero la poesía es el mejor lugar para poder hacerse a una idea de lo que puede ser el fútbol: un universo poético cargado de símbolos y de reglas capaces de dotar a los jugadores de una épica, una tragedia, un drama o una comedia en la que se juega a ganar intentando controlar con los pies un elemento redondo celoso y arisco.
¿Qué autores recomienda para el lector que se acerca por primera vez a este, digamos, subgénero literario?
A mí me gusta mucho leer crónicas. Pero no crónicas de partidos ni mucho menos sino crónicas en las que alguien reflexiona el porqué de lo que pasa en el terreno de juego, interpretando eso a la luz de un contexto social. Puede sonar inútil y contradictorio frente a lo dicho anteriormente. Pero lo que realmente tiene de valioso una crónica es que intenta explicarse a sí misma el porqué de la locura social y deportiva ante el fútbol. Un ejemplo: Enric González. La crónica puede ser una puerta de entrada.
¿Usted jugó o juega al fútbol? ¿Qué posición hacía? Como escritor y futbolista aficionado, ¿qué es más difícil escribir sobre fútbol, bien sea novela, cuento o poesía, o anotar un gol en un partido?
Jugué fútbol desde muy niño. Era mi vida. Quise ser futbolista pero tuve lesiones y ahí se acabo todo. Jugaba de delantero. Creo que es más difícil anotar un gol por toda la dificultad que tiene el juego con rivales y con una pelota en disputa. Además, no he intentado todavía escribir sobre fútbol pero creo que también puede ser muy difícil si no hay pasión. Quien juega al fútbol es un apasionado.
¿Y quién escribe literatura de fútbol?
¡Un soñador!
(Haz clic en el enlace o en la imagen,
abajo, para ver la historia en .pdf)
Publicado en el periódico EL TIEMPO, 3 de junio de 2015
«Ponle Di Stéfano»

Hace unos meses, creo que fue en diciembre, mi padre, desde Palmira, a través del teléfono, me dijo: “Ponle Di Stéfano a tu hijo”. Al terminar la conversación, el móvil dio señal de que la llamada había finalizado. Por unos minutos, quedé absorto en esta Barcelona, cavilando en esa posibilidad: Di Stéfano. ¿Por qué no?
Y es que desde que tengo memoria, ese apellido ha sido mencionado por mi padre como sinónimo de fútbol. Huelga decir que de cada cinco conversaciones que tengo con él, cuatro son acerca de este deporte. Repartidas así: tres de y sobre Alfredo por una de Millonarios. La otra, la quinta, se confunde entre temas varios que van desde cómo va la vida de un servidor en Barcelona hasta los más recientes acontecimientos del resto de la familia en Palmira.
Por ese Alfredo, él se hizo hincha de Millonarios de Bogotá. El “Ballet azul” del “cinco y baile” lo conquistó para siempre. Cada vez que me habla de ese equipo, integrado entonces, además de Alfredo, por Pedernera, Cozzi, Rossi, Báez, Zuluaga y Pini, entre otros, sus ojos brillan. Él vuelve a la niñez.
Por eso, días antes de que un servidor (yo) fuera padre (mi hijo nació en enero), Pini me llamó. Sí, él mismo se cambió su nombre de pila, Ramiro, por el Pini que se pedía ser de niño, a fuerza de la costumbre, cuando jugaba a la pelota, en cualquier descampando o potrero de Palmira. No entiendo porqué escogió Pini y no Di Stéfano. Quizás de ahí, queriendo corregir esa errata, el espontáneo “Ponle Di Stéfano…”.
“Ponle Di Stéfano”, dijo a través de la línea telefónica que une dos continentes: América y Europa. El mismo camino que hizo Alfredo cuando fue traspasado del Millonarios de Bogotá al Real Madrid de España. Pini lo siguió y con Alfredo se hizo hincha del equipo blanco.
Recuerdo que, hace seis años, cuando le dije que, junto con mi esposa, nos veníamos de Colombia a vivir a España, sus ojos brillaron de felicidad. Elucubro que su mirada de alegría no fue tanto por nosotros y el futuro que se nos abría, sino porque íbamos a estar cerca de Alfredo.
Cuando le dije que el lugar de destino era Barcelona, 600 kilómetros distanciada de Madrid, noté algo de decepción. Sentimiento que cambió con el pasar de los días y las llamadas. Recuerdo que en cada una de ellas, antes de preguntar por cosas nuestras en Barcelona o contarme de las suyas en Palmira, siempre ha comenzado la conversación preguntando por Alfredo. Como si el futbolista argentino viviera en nuestro mismo barrio, Guinardó. Y escribo futbolista, porque si de algo me ha convencido mi padre, es que el prefijo ex es muy corto para ponérselo y calificar así a alguien tan grande.
Una o dos semanas atrás, Alfredo murió en Madrid. Tenía 88 años. Él, que nunca disputó un Mundial de Fútbol, falleció en medio del torneo de la FIFA en Brasil. No había partidos ese día. Desde entonces, Pini no ha vuelto a llamar. Es como si con Alfredo el fútbol también hubiese muerto. Y con su silencio guardase un luto respetuoso y riguroso.
En unas semanas lo visitaré en Palmira. Le presentaré a su nieto de seis meses. Y con el mismo silencio que guarda él a la memoria del fútbol, que es lo mismo que decir a la memoria de Alfredo, le entregaré la edición de MARCA con el suplemento especial sobre la muerte de Alfredo. Seguro que sus ojos volverán a tener ese brillo de la niñez cuando observe la tapa del diario deportivo y vea que, como homenaje, ese periódico decidió bajar su cabecera a la mitad de la página, para poner a Alfredo por encima de todo. Ellos, a su manera, siguieron su consejo: “Ponle Di Stéfano”.


La emboscada
Colombia cayó en la emboscada que Brasil le planteó en Fortaleza. De entrada, se sabía que iba a ser así. Toda la previa, Luis Felipe Scolari y los medios brasileños vendieron el partido de cuartos de final del Mundial como un espectáculo de buen fútbol a los ojos de los aficionados. Pero era solo eso. Populismo. Porque desde que Brasil perdió con Italia en el Mundial de 1982, el ‘jogo bonito’ no es propiedad ni práctica ni característica principal de los ‘verdeamarelhos’.
Se sabía eso. Pero Colombia cayó como un novato en el primer día de la universidad en la emboscada tendida por técnico y jugadores canarinhos. James, Cuadrado y los demás esperaban un juego abierto y de mucha calidad en ambos equipos. Estaban preparados para ello. Pero no fue así, Brasil salió hacer su trabajo. Más por miedo que por técnica y llevó a la Colombia de Pékerman a lo que más quería Scolari, la lucha cuerpo a cuerpo. Como el boxeador que es más fuerza y que, al verse limitado, busca llevar a su contrario a fajarse en el uno contra otro, olvidándose de la técnica.
Eso fue el duelo entre Brasil y Colombia. Un juego en el que primo más lo físico que la habilidad. De ahí que el primero haya perdido a Neymar. De ahí que en el segundo, James se tirara al piso a quitar un balón y cediera la falta para el gol de David Luiz.
Por los choques y ‘tackles’ pareció por momentos más un partido de fútbol americano entre los Rams y los 49ers. Cuando Colombia se quito el casco y el uniforme de los 49ers, al que la había llevado los Rams; perdón, Brasil, fue otra cosa. Ya cuando entró de nuevo en el juego, ese que le llevó a ganar contra Grecia, Costa de Marfil, Japón y Uruguay, era tarde. Brasil le ganaba 2-1. Con un primer gol que solo se lo hacen a un equipo de principiantes. Tiro de esquina al primer palo, la peina un futbolista para que entre otro, solo, al segundo palo y remate. Vale hasta con la rodilla.
Pero la Selección se recompuso y arrinconó a Brasil contra las cuerdas. James lideró el espíritu de remontada y anotó de penal. Con el cuchillo entre los dientes, los brasileños reventaban balones a cualquier parte del estadio. Queda la idea de que Colombia desperdició el primer tiempo y cuando pudo, el reloj no le alcanzó. Brasil, muy corto de juego, pero intenso, pasó. Colombia, temerosa al principio, arriesgada al final, llora. No por la derrota. Sino porque al final entendió que jugando a la pelota, como siempre lo hizo en este Mundial, le pudo haber ganado al pentacampeón. Y luego dicen que la historia no pesa. Pesa hasta para ser emboscados.
Los Elefantes vs. Los Hipopótamos
Es tradicional en África que las selecciones nacionales de fútbol sean llamadas como los animales más representativos de cada uno. Bonita costumbre. Así, entre otros, Camerún son los Leones; Nigeria, las Águilas; Gambia, los Escorpiones; Botswana, las Cebras; Cabo Verde, los Tiburones; Argelia, los Zorros (del desierto); Marruecos, los Leones (del Atlas); Ruanda, las Avispas; y Lesotho, los Cocodrilos.
Costa de Marfil son los Elefantes. Y ante éstos se enfrenta Colombia en su segundo partido del #Mundial2014. Para asumir tal reto y estar a su nivel, la Selección debería tomar un seudónimo igual. ¿Qué tal los Hipopótamos? Todo para rendir homenaje a esa pobre especie abandonada en Hacienda Nápoles, que luego hizo suyo gran parte del Magdalena Medio. Toda una distinción del país a ese animal que durante el día reposa en el fango y que al anochecer se vuelve más activo. A ese animal que, según los «naturalios», se mueve en grupo bajo la tutela de un macho territorial y es una de las criaturas más agresivas del mundo. ¡Qué vivan los Hipopótamos!







