Si tuviera mucho dinero y una productora de televisión, sin dudarlo un segundo, ofrecería al Vaticano, ya mismo, un cheque en blanco, para hacerme a los derechos exclusivos del cónclave que elegirá al próximo papa.
Si tuviera mucho dinero y una productora de televisión, sin dudarlo un segundo, convencería al Vaticano de hacer un reality (no sería difícil, dinero de por medio), cuyo fin sería encontrar sucesor a Francisco, como líder de la iglesia católica mundial.
El programa llevaría por título ‘The Big Pope’, (All Rights Reserved by Juanli) y como en cualquier producto de este género televisivo, los cardenales candidatos serían seguidos por cámaras las 24 horas del día: en sus habitaciones, en la cocina, en el comedor, en el baño, en el confesionario y claro está, en la mismísima Capilla Sixtina, al momento de la votación. Fumata bianca.
Votación, a propósito, de la que participarían los más de mil millones de católicos y televidentes que sigan el programa a nivel mundial. Haciendo cumplir de verdad el precepto de que la Iglesia se abra a sus fieles. Votación por teléfono y RR. SS., previo pago, claro está. El papa a un click. El papa de la gente.
Para hacerlo más interesante y crear contenido, el reality, como cualquier otro, incluiría concurso de talentos. Así el cardenal venido de México lograría interpretar cualquiera de las rancheras de Pedro Infante o José Alfredo Jiménez y/o el representante de Nueva Zelanda podría deleitar a los televidentes con su interpretación de la danza maorí Haka. Como si de un All Blacks se tratase. Vestido como tal, para el Cuatro Naciones de Rugby.
En ese sentido, estaríamos a abiertos a monólogos hamletianos o actuaciones que nos recuerden a Marilyn Monroe, en cualquier de sus películas, o a la mismísima Kelly LeBrock, en la ochentera The Woman in Red.
Remember la mirada de Gene Wilder y el vestido rojo de la chica volando, al pasar por un respiradero de metro, dejando ver las extremidades inferiores de LeBrock y sus bragas rojas de seda. Qué bien se vería, televisivamente, en lugar de Kelly, un cardenal y su sotana al vuelo, mostrando sus piernas consagradas, para llevar el peso de la iglesia sobre ellas.
Ya entrados en gastos, como si fueran camisetas de futbolistas, personalizaríamos mitras, báculos, casullas, mucetas, esclavinas, estolas, y hasta solideos, con los apellidos de los purpurados, como productos para comercializar en las calles.
Lograr que los niños no vistan camisetas de Lamine Yamal ni Mbappe sino casullas de Parolin, sotanas de Tagle y el solideo de Becciu, sería el objetivo.
Y por último, dinero de por medio (otro cheque en blanco), intentaría de convencer a toda la curia, que para mantener en alto la popularidad, habría de realizarse un cónclave cada cuatro años. Sí, como un mundial de fútbol, convirtiendo a la ciudad vaticana en La Meca (¡Upps!) de los fanáticos religiosos católicos ultras y no tanto. Nada de Extra Omnes. Iglesia de puertas abiertas. 24 horas. Bueno, no tanto. Al menos, Seven/Eleven. Todos dentro. Amén.

