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Presentación de la novela 'La soledad del cuarto oscuro', en el 3er Festival Internacional de Literatura 'Oiga, mire, lea'. Cali, 6 de sept. de 2017. / Foto: Oiga, mire, lea.

Presentación de la novela ‘La soledad del cuarto oscuro’, en el 3er Festival Internacional de Literatura ‘Oiga, mire, lea’. Cali, 6 de sept. de 2017. / Foto: Oiga, mire, lea.

Buenas tardes, gracias por estar aquí. Por desafiar el calor y el sol de la tarde. Por dejar de lado la visita de Francisco Bergoglio y por olvidar el empate de ayer de Colombia contra Brasil. Gracias a los organizadores de Festival “Oiga, mire, lea”, en especial a la coordinadora de este evento, Catalina Villa Zapata, y a la directora, María Fernanda Penilla, por esta invitación.

Para mí es un honor presentar esta novela, la cuarta de Fernando Gómez Echeverri en su carrera como escritor. Vale la pena decir que además de compartir profesiones, los dos somos periodistas, también compartimos lugar de nacimiento: ¡Palmira! Así que para mí toma mayor razón hacer de coanfitrión en esta tarde caleña con acento palmirano.

He de decir que a Fernando lo trato desde hace mucho tiempo. La primera vez que nos cruzamos, ¿no sé si te acuerdas?, fue en julio o agosto de 1991. Los dos asistimos una mañana de sábado al colegio San Luis Gonzaga, en lo alto del barrio Granada, para presentar la prueba de admisión a la carrera de Comunicación Social-Periodismo de Univalle. Terminado mi examen, al cabo de unos minutos, al salir del salón, en el pasillo, me crucé con alguien que no conocía. Al encontrarnos, los dos solos ahí, ese otro me observó y atinó a decir “Qué fácil, ¿no? vé”. Era él. Eras tú.

Traigo a colación ese recuerdo, porque ejemplifica, sin dudar, que Fernando es un hombre que hace fácil los retos difíciles. Así se hizo periodista, crítico de arte y escritor. Eso sí, no portero de fútbol, porque como tal fue un verdadero desastre. Recuerdo un 8-0, en contra, cuando enfrentamos, nosotros, un recogido de periodistas de la Casa Editorial El Tiempo y Publicaciones Semana, a los chicos de la carrera de Cine y Televisión de la Universidad Nacional, en Bogotá. Fernando estaba en el arco y ese fue su primer y último partido. Desde entonces, la “araña” Gómez jamás volvió a ponerse unos guantes para tapar. Y se dedicó a otros deportes, con mayor terquedad y tesón, y menos pereza, uno de ellos, el tenis. ¿Cómo está tu revés a dos manos?

Con ese mismo desparpajo con el que lo conocí, tras el examen de Univalle. Con ese mismo desparpajo lo volví a ver en la redacción de El Tiempo y de Semana, en Bogotá. En el periódico, entonces de los Santos, Gómez daba sus pasos iniciales en el periodismo Nacional, en un equipo en el que estaban Fernando Quiroz, Mauricio Silva, Mauricio Becerra, Andrés Zambrano, Manuel Kalmanovitz y Francisco Escobar.

Voy a cometer una infidencia, permiso, ahí nació el apodo con el que muchos lo conocen en Bogotá: ¡Chicharrón o Chicharro! Y todo porque era el más pequeños de esos periodistas, el de menos experiencia, al que le designaban las tareas, que los otros desdeñaban por ser ¡chicharrones! Tareas complicadísimas, como entrevistar a un galerista-lagarto; a un prepotente escritor que nadie conocía, a un actor de teatro sin seguidores, a un político en busca de votos. Para esas tareas, el elegido era Chicharrón. Chicharro. Fernando. Lo puedo imaginar diciendo: “Qué fácil, ¿no? vé”.

Wílmar Cabrera y Fernando Gómez, en el auditorio Óscar Gerardo Ramos, Biblioteca Departamental del Valle. / Foto: Oiga, mire, lea.

Wílmar Cabrera y Fernando Gómez, en el auditorio Óscar Gerardo Ramos, Biblioteca Departamental del Valle. / Foto: Oiga, mire, lea.

Luego, años después, en Semana nos volvimos a cruzar, en ese pasillo que es la vida. Mientras yo me movía como periodista redactor de una revista que apenas empezaba, de nombre SoHo, Fernando, bajo la tutela de Miguel Silva y Rafael Molano, integraba el equipo que sacó a flote la mejor publicación cultural que ha dado Colombia, en mucho tiempo, Gatopardo, ese buen hacer de crónica y periodismo hecho revista. Casi lo que puedo oír de nuevo: “Qué fácil, ¿no? vé”.

Y en esa puerta giratoria que es trabajar en la Casa Editorial El Tiempo, Fernando volvió para liderar proyectos y revistas que tienen su sello personal. Actualmente es director de BOCAS, DONJUAN, Hola y Habitar. Y, en el plano personal, padre de Julieta y Mateo. Y cuando le queda tiempo de El Tiempo y de su familia, escribe. Eso demuestra no solo su valentía y predisposición por narrar, sino su sacrificio y ambición.

Sí, eso es él. Un escritor ambicioso, en el mejor sentido de la palabra, que frase a frase, punto a punto, manuscrito a manuscrito, novela a novela, se abre espacio en el difícil campo de la literatura colombiana. Esta nueva historia es testigo de ello. Narración pura. Velocidad. Vértigo. Tono acorde. Diálogos precisos. Y longitud necesaria para no excederse en florituras.

La soledad del cuarto oscuro es su cuarta novela. Anteriormente escribió y publicó historias de niñas que quieren ser vampiros; niños que intentan cazar una bruja que seduce hombres para matarlos; historias de bacterias inmundas, y de zombíes que recorren Bogotá y buscar paliar su apetito de cerebros y carne humana. Literatura más del lado fantástico que realista.

Con esta obra, Fernando da un viraje a su proceso como narrador, nos enseña una literatura realista con un tono de voz propia, más acentuado, y en pleno crecimiento. Además, aterriza en Cali, la ciudad donde estudió, donde de joven universitario trató de enamorar a su compañeras con cartas, cuando estas ya no existían (las cartas, claro está), la ciudad que caminó, la ciudad que vivió en aquellos años cuando las narcotoyotas habían invadido todas las calles y espacios públicos. Cundo las balas iban y venían, cuando está ciudad se llenó de muertos que terminaron siendo estadística. Números. Cali. Pum. Pum.

La soledad del cuarto oscuro es una historia fotográfica sobre el hacer rutinario de un reportero gráfico en un pequeño diario. Es una historia sobre el fracaso como meta de la vida. Y es que, aunque muchos no lo crean, algunos nos lo ponemos como objetivo vital. Es una novela contemporánea, circular, que comienza con un trino cualquiera y termina con un hashtag. Tiempos de Twitter. Es una novela sobre la mutación del periodismo como profesión. Es una novela sobre el periodismo zombi de las redes sociales, la narrativa transmedia, Internet, el píxel como pincel, el píxel como pluma.

Es una historia sobre seres amargados que sobreviven con sueldos de recogedores de basura. Es una novela que le rinde homenaje a los ídolos y al poder de obligarnos a imitarlos. Es una historia de la decepción de no estar a su altura. Es una historia que se revela al lector, poco a poco, como las imágenes que aparecen en el papel fotográfico tras el paso de los químicos sobre su superficie, allí en ‘La soledad del cuarto oscuro’. También es una narración sobre el peso de la creación artística y la búsqueda de identidad. Es una historia para crear un hashtag en Twitter y escribir: #NoLeaLaSoledaddelCuartoOscuro. Para ver qué pasa como experimento. Como performance-respuesta virtual e interactiva a las 102 páginas del libro editado por Literatura Random House.

Fernando, gracias por acompañarnos en este ‘Oiga, mire, lea’, que pretende que las librerías de Cali dejen de ser heladerías y vuelvan a ser lo que han sido históricamente: tiendas en las que se venden y compran libros. Gracias por estar en este ‘Oiga, mire, lea’, que busca darle visibilidad a las bibliotecas de la ciudad, como lugares de consulta y lectura.

'La soledad del cuarto oscuro', de Literatura Random House.

‘La soledad del cuarto oscuro’, de Literatura Random House.

El día 2 de mayo de 2016, siendo exactamente las 18 horas 57 minutos, mi buzón de Facebook en Barcelona, España, recibió el siguiente mensaje:
“Wílmar, extraño que te escriba si no es tu cumpleaños, ¿cierto? Pues bien, va esta propuesta: ¿qué tal si preparas un discurso a TU ESTILO para celebrar los 30 años de Comunicación Social – Periodismo de la Universidad Autónoma de Occidente, durante el megaencuentro de primíparos del siglo pasado? Centrándote, por supuesto, en la ‘era Champagnat’. Si dices que no, es tu problema; y si dices que sí, también es tu problema. Un abrazo.
El mensaje había sido firmado y enviado por un tal Eduardo Figueroa Cabrera. Lo confieso ahora: tardé mucho en escribir la respuesta al maestro Figueroa Cabrera, creo que fueron dos o tres semanas. Y es que no era tarea fácil resumir en un texto o discurso lo que el denominó ‘era Champagnat’. Haciendo un paralelo extremo es como que cojan a mansalva a cualquiera de nosotros y le pidan sintetizar en un párrafo alguna de las eras geológicas de la Tierra. ¡Qué levante la mano, en este momento, el que pueda resumir en una frase el precámbrico o el paleozoico!
Sí, era (y es) una empresa difícil el contextualizar en una disertación como esta la ‘era Champagnat’, pero cuando tuve clara una palabra, acepté el problema. Dije que sí. Y aquí estoy.

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Recorriendo ayer los pasillos, salones, calles aledañas y demás en Champagnat, confirmé que no estaba equivocado en condensar y centrar este texto en una palabra de cinco silabas: ¡IN – CO – MO – DI – DAD!
Sí, incomodidad. Ese es el vocablo que engloba y enmarca mi recuerdo de cursar la carrera de Comunicación Social – Periodismo en la Corporación Universitaria Autónoma de Occidente, con el código 917862, desde el año de 1991 a 1996. Eso sí, entiéndase en este caso puntual que incomodidad no es infelicidad ni sinónimo de amargura. Simple, pura y literalmente incomodidad. Dice el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua que dicha palabra viene del latín incommoditas – incommodatis. Y en sus tres acepciones, los honorables académicos la definen de la siguiente manera:
• Falta de comodidad.
• Molestia.
• Disgusto, enojo.
La segunda acepción la amplían, agregando que es el impedimento para el libre movimiento del cuerpo, originada por algo que lo oprime o lástima. ‘¿Era Champagnat?’. Parece que el académico que redactó esto último hubiese sido uno de nosotros. Uno de los tantos estudiantes que pasaron la carrera en el viejo edificio, que perteneció a los hermanos Maristas, ubicado entre las carreras 29 y 31, y las calles 9b y 9c, en Cali.

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El término incomodidad me sirvió para hacer un juego de palabras con una novela que releo por estos días. Y por eso, este texto lleva como título La insoportable incomodidad del ser. Y es que si el escritor checo Milan Kundera hubiera formado parte de las generaciones de primíparos que ingresaron a la carrera de Comunicación Social – Periodismo de la exCorporación Universitaria Autónoma de Occidente, en Champagnat, que hoy nos juntamos para festejar otro reencuentro más, seguramente su obra de mayor renombre no llevaría la palabra levedad en el título sino otra: INCOMODIDAD.
Se imaginan al también autor de obras como La inmortalidad, La lentitud y La ignorancia, bajándose del Verde Bretaña 3 o el Verde Plateada 4, o de cualquier otro bus público cuya ruta lo acercara a la vieja sede universitaria. ¿Se lo imaginan llegando en su bicicleta Monark o en su Honda C-70, color azul, muy temprano, tipo 6 de la mañana, buscando una silla en cualquiera de los salones, para sentarse y esperar en la fila el turno para rellenar el formulario y realizar su matrícula del semestre. Tratando de evitar a maestros ‘cuchillas’ como Víctor Hugo Vallejo, Emma Osorio, Álvaro Nieto Hamman, Iris Cabra, o el mismo Figueroa Cabrera? ¿Se lo imaginan preguntando por el código de Lingüística 1, el de Taller de Expresion Escrita, Semiótica o Epistemología. O guardando el puesto a alguien que venía desde Buga o Popayán, o haciéndole la matrícula a su mejor amigo, que no podía llegar ese día, y terminaba matriculándolo en alguna Ingeniería o Economía?
¿Se lo imaginan comprando ese éxito de ventas, ese best seller, llamado Aprendizaje metodológico? ¿Se imaginan a Kundera leyendo ese libro y discutiéndolo en clase, con el décano Álvaro Rojas Guzmán, en pleno Salón de Conferencias del tercer piso, con la falsa pared de madera recogida para darle mayor capacidad?
Si el autor checo nacionalizado en Francia hubiera estudiado Comunicación Social (rayita) Periodismo en la CUAO de Champagnat, los protagonistas de La insoportable incomodidad del ser no hubiesen sido el medico Tomás y la camarera reinventada como fotógrafa Teresa. Ni la amante Sabina ni el amante Frank. Quizás los personajes principales de esa historia de amor fueran otros. ¿Por qué no pensar en un drama sentimental en la tercera edad, cuyos protagonistas fueran una vendedora de dulces y chicles apodada “la reinita” o “reinita” y un expendedor de cigarillos y otras cosas para fumar, apodado “Pacho”? ¿Por qué no pensar en ello? ¿Porqué no pensar y sumar a Mauro, el chico que cuidaba motos y bicicletas, psicólogo empírico, que hasta daba consejos de amor en el parqueadero, sin cobrar un peso?

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Si La insoportable levedad del ser está ambientada en la capital checa de 1968, cuando los tanques soviéticos reprimieron la llamada “Primavera de Praga”; La insoportable incomodidad del ser, esa novela de la que todos los aquí presentes seríamos extras con parlamento, estaría ambientada en la Cali de los años 80 y 90, cuando las burbujas traquetas invadieron las calles de la capital vallecaucana, dejando tras de sí una estela de plomo y miedo.
No está demás decir que en dicha obra habría más escenarios por los que desfilarían otros personajes, protagonistas de digresiones de la historia central. Uno de ellos sería Mauricio Mejía Benard, del código 92; que, si mi memoría no me falla, en el primer semestre de ese año, debido a su paraplejia, fue el primer estudiante de Comunicación Social (rayita) Periodismo en ingresar a Champagnat a bordo de una silla de ruedas. Imposible escribir una novela que se llame La insoportable incomodidad del ser, centrada en la ‘era Champagnat’ y no hablar de Mejía Benard. Fotógrafo superlativo y mejor poeta. La primera persona con movilidad reducida que se las arregló para sobrevivir cinco años o más en un edificio construido sin rampas, ni baños, ni ascensores, ni nada para gente en sillas de ruedas. Recuerdo que cuando le tocaba clase en el segundo o tercer piso, siempre pedía una mano a quien estuviera rondando por allí. A sus propios compañeros, que lo levantaban como si fuera un emperador en tiempos del imperio Azteca. Sin duda, Mejía Benard fue un héroe de esa época. Y digo fue, porque físicamente ya no está con nosotros. Murió exactamente hace un año, debido a una oclusion intestinal. ¿Pensar que una de las preguntas que se hizo el comité de admisión cuando Mejía Benard se presentó para estudiar la carrera en Champagnat fue: ¿Cómo se las arreglará para ser profesional e ir detrás de una chiva periodística? La incomodidad de tiempos pasados en toda su extensión.

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Fruto de esa incomodidad, que compartíamos, junto con el mismo Mejía Benard, de fotógrafo, Víctor Manuel Mejía Ángel y este servidor, en la edición, Carolina Echeverri más Juan Arbeláez, en la redacción, y Alfredo Cardozo, como Barman, creamos una publicación llamada El Gusano, cuyo lema decía: “La única revista que no tiene slogan”.
Viviendo esa incomodidad, con el mismo Mejía Ángel, Libardo Jiménez, Isabel Peláez y Perla Escandón, entre otros, fuimos parte del grupo de teatro, dirigido por Ramiro ¿Ovalle? Nuestro mayor éxito fue el montaje de una obra de Juan Rulfo: ¡Diles que no me maten! “¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad…”. En noches de calor incómodo, cuando la canícula en Cataluña es insoportable, todavía me despierto gritando esa frase, creyendo que soy el mismo Juvencio Nava de la obra de Rulfo.
De Nuevo con Mejía Ángel, Julían Henríquez, Óscar Duque y otros incómodos que no recuerdo, integramos Al filo de la realidad. Un grupo de estudiantes asociales elevados a la potencia ene, tanto que en las reuniones, en una casa del barrio San Fernando Viejo, cada uno ocupaba una habitación y tratábamos de comunicarnos, sin vernos, golpeando las paredes. INCOMODIDAD.
Esa palabra nos llevó también a formar un equipo: el glorioso Cerveza Fútbol Club, con Harold Casas, César Polanía, Juan Carlos Castro, Boris Abadía, Víctor Manuel Velásquez, Jorge Leonardo Duque y Carlos Valencia. Recuerdo los clásicos contra el otro equipo de Comunicación, el Vía Satélite de Pacho Muñoz, Gerardo Quintero, Juan Carlos Rojas, Mateo, Popeye, y José Antonio Bedoya. ¡Vaya clásicos!
Y si de incomodidad hablamos y tratamos de la ‘era Champagnat’, ¿cómo no incluir el Salón Múltiple? Ese inmenso rectángulo, templo del calor, bajo un techo de Eternit, un verdadero y literal hervidero de cerebros, con sus 40 grados a la sombra. Un santaurio del saber, de estudiar, sede de festivales universitarios de la canción, y de exposiciones, cuyo punto más alto, sus quince minutos de fama, fue la conferencia del vilmente asesinado Jaime Garzón. Charla que tiene una duración de una hora, treinta y dos minutos y cuarenta y tres segundos, que aún se puede ver por Internet. Y que todavía causa en algunos, muchos, incomodidad.

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Pero si dentro de la sede de la CUAO de Champagnat, la incomodidad andaba a sus anchas. Recuerdo compañeros llegando con máquinas de escribir en sus hombros para cumplir con la prueba de mecanografía de Expresión Escrita. Fuera del edificio, en los alrededores también se hacía presente. Las mesas del bar de Hugo eran muy pequeñas para reunir todas las botellas de cervezas que nos habíamos bebido un viernes. Ni hablar del poco espacio en El Bohío, que se improvisaba como bailadero. La incomodidad, resultado del efecto dominó, se extendía por todos los negocios que vivían por y para nosotros.
Hablando de Hugo, érase un hombre a una pipa pegado, y su bar, hago un inciso aquí para citar una frase del sociólogo y filósofo argentino Juan José Sebrelí: “Me declaro un autodidacta, lo único que recuerdo de la universidad es el bar de enfrente”. La traigo a colación porque, quizás, con ella, hubiera resumido mi recuerdo de la ‘era Champagnat’. Con ella hubiera solucionado el problema que delegó en mí el maestro Figueroa Cabrera, pero en este caso la incomodidad ganó la partida.
Tal vez se trata de la misma incomodidad de un grupo de maestros que, gracias a su imaginación, vieron en un viejo edificio Marista la sede perfecta para darle vida a una universidad. Y dentro de ella, gestar una carrera de Comunicación Social (rayita) Periodismo. La misma incomodidad, entendida como imaginación, que nos transmitieron y heredaron en nosotros, los primíparos del siglo pasado, que en un parqueadero de esa vieja sede vimos una cancha de fútbol. ¡Muchas gracias!

*Discurso leído durante el megaencuentro de primíparos en la Universidad Autónoma de Occidente, con motivo de los 30 años de la facultad de Comunicación social-Periodismo.
4 de junio de 2016, Cali, Colombia.

LeoIncomodo

 

 

Leicester David

Si tuviera un hijo, ya mismo, sin dudarlo, le llamaría Leicester. Y si fuera hija, también: Leicester. Claro, tendría que luchar contra el “¡no!” rotundo de mi pareja. “¡¿Cómo se te ocurre?!”, diría ella ante mi propuesta con leve tufo a pub inglés. Tratando de convencerla, le hablaría de los 132 años de fundado que lleva el club británico. Buscando más argumentos, sacaría tiempo para mostrarle los vídeos de los 37 partidos jugados en el campeonato de la Premier League, que lo llevaron a obtener su primer título, durante la temporada 2015-2016. Me haría de armas a tomar e intentaría desglosarle jugada a jugada, como si fuera el mismísimo Pep Guardiola o Diego Simeone, el sistema o dibujo táctico del equipo.

Si tuviera un hijo o hija, en este momento, le pondría de nombre Leicester. En mi tarea difícil de persuadir a mi esposa, le contaría de cómo, al principio del campeonato, nadie daba un penique por el equipo, que terminó 14 el año pasado y que esta temporada solo buscaba salvarse de la maldición del descenso. A manera de chisme o cotilleo, le diría que, cuando conoció quién sería el entrenador para este curso, Gary Lineker, mítico exjugador del equipo, de la selección inglesa, y del FC Barcelona, escribió en su Twitter, el día 13 de julio de 2015, a las 6 horas, 24 minutos, de la tarde: “¿Ranieri? ¿Really?”. Mensaje que fue “retuiteado” 19.712 veces y que logró 10.927 “me gusta”. Hoy, casi un año después, Lineker es otro que se ha subido al bus de la victoria. El exgoleador forma parte de la turbamulta que alardea con el “¡Je suis Leicester!”.

En este punto, ya envalentonado, le diría a mi mujer que, por mi parte, se llamará Leicester. Sólo por el simple hecho de haber demostrado que con una nómina titular fichada a costo de menos de 25 millones de euros, en tiempos de hiperinflación futbolera, le dio cara, enfrentó y venció a los grandes de la liga de fútbol más competitiva, mejor organizada y, si se puede hablar de estética, más bonita. Sí, que le dio batalla y puso en su sitio a los dos Manchester y a los londinenses Totthenham y Arsenal.

Me imagino a Leicester, niña o niño, corriendo por la guardería o saltando en el parque del barrio, tropezando con las raíces de los árboles y volviéndose a levantar con la cara llena de arena. Ya lo veo o la veo y la sonrisa se me dibuja en el rostro. No sólo por la pequeña o el pequeño sino porque cada vez que lo observe o la observe, la recoja o lo recoja en mis brazos, ni hablar de cuando la llame o lo llame: “¡Leicester!”, recordaré el día en que un equipo pequeño venció a los más grandes de su campeonato. Cuando el fútbol puro y pobre venció al aburrido y multimillonario fútbol moderno.

Pensando así, quizás, solo para mantener el buen clima de la relación, y en aras de ceder en la negociación del proceso de hallarle un nombre “normal” a un hijo o hija, tal vez en ese momento, consideraré la opción de un nombre compuesto. ¿Qué tal Leicester David? Dicho sea de paso, sin importar que sea niño o niña.

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Cuenta la leyenda que a la salida de un teatro, caminando por un callejón oscuro de Ciudad Gótica, un maleante de poca monta asaltó a la familia Wayne o Díaz. El apellido depende de la latitud en que se encuentre el lector. La familia Wayne (o Díaz) entonces estaba compuesta por una pareja, Thomas y Martha, y su hijo.

Cuenta esa misma leyenda que, en medio del robo, el ladrón, Joe Chill -o los dos o tres ladrones, las versiones de la prensa nunca fueron exactas, como en el asesinato de Kennedy-, revólver en mano, hirió sin misericordia a la pareja, cuya muerte fue inmediata a los ojos del pequeño Bruce o Bruno. El nombre también depende de la latitud en que se encuentre el lector.

Remata esa leyenda diciendo que ese pequeño creció, heredó las cuentas bancarias de sus padres, el mismo mayordomo (Alfred), y las propiedades de finca raíz de la familia. Se hizo hombre, multimillonario, filántropo, y se convirtió en un murciélago humano para vengar la muerte de sus progenitores y erradicar de una vez por todas la maldad, el crimen y la injusticia de esa ciudad que llaman Gótica y que se parece tanto al mundo en que vivimos.

La leyenda se extendió y narra que ese niño, que se hizo adulto, vestido de mallas grises, capa oscura, a juego con el tono de las mallas, y una especie de casco antifaz con orejas puntiagudas, se dio a conocer al mundo como Batman, fruto del trabajo entre el artista Bob Kane y el escritor Bill Finger. Fue en el número 27 de la revista Detective Comics de 1939. Ante tanta personalidad y oscuridad, el personaje se independizó y logró tener sus propias aventuras en la revista del mismo nombre, Batman, en la primavera de 1940.

De esa manera, el enmascarado que le disputa el liderazgo a Superman, en la Liga de la Justicia, tiene hoy 76 años y sigue tan tranquilo. Va y viene por el mundo. En uno de esos viajes, lo encontré en la puerta de un quiosco, en el 33º Salón del Cómic de Barcelona. “Esta clase de trabajos, tipo cameos o bolos, me vienen bien porque rebajan la tensión de los rodajes y me acercan a la gente. Muchos no saben que soy el verdadero Batman y me toman por un simple guardia de seguridad, así puedo palpar lo que pasa en realidad en el mundo”, dice el caballero oscuro, con una voz ronca y gruesa que sale de su boca. Y que de cuando en vez, antes de responder, suelta al piso un escupitajo. ¡Puaj!

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Señor Wayne (Díaz), perdón, Batman, a pesar de su edad lo noto bastante bien, músculos marcados y un físico que le envidiaría cualquier tipo de 30 o 40 años…
¡Puaj! Voy al mismo gimnasio que van Arnold (Schwarzeneger) y Sly (Stallone), hacemos algo de pesas y piernas, pero no se equivoque una cosa es lo que ve y otra cosa lo que somos. Ya tenemos una edad y hay que cuidarse. Tomo las mismas cosas que ellos, no piense en Lance Armstrong, solo productos naturales y eso nos mantiene en forma.

Señor Wayne (Díaz), perdón, Batman, comencemos por el principio, ¿Si Joe Chill no hubiera matado a sus padres, qué sería de Bruce (Bruno) en la actualidad?
Esa pregunta es peligrosa porque pone en juego mi identidad secreta, pero no importa, a un periodista no se le puede mentir. Y menos si el que responde es Batman, o sea yo. Mire, joven, esa cuestión llega a mi cabeza todas las noches cuando voy a la cama. Por mi edad, duermo poco y siempre pienso en ello al tomarme un agua de tila. Mi padre, Thomas, me comenzó a educar para que fuera como él, un político para ayudar a la sociedad. Pero él quería que yo fuera más ambicioso y saliera de Gótica. Su sueño era que yo hiciera carrera de senador en el Congreso y luego, quizás, aspirar a la presidencia del Estado. Teníamos todo lo que un político necesita para conseguir eso…

Claro, la educación, inteligencia y sensatez que lo caracterizan a usted…
¡Puaj! ¡Patrañas! Teníamos dinero y eso es lo único que necesita cualquier candidato para ser presidente de cualquier país en el mundo. Mire a Donald (Trump). Pero voy a la respuesta, disculpe usted, joven, tengo problemas de digresión, mi médico me ha dicho que estudié un idioma tan difícil como el alemán para fortalecer la memoria y no caer en la sombra del Alzheimer. ¿En qué estábamos?

¿Qué hubiera sido de usted de no presentarse el asesinato de sus padres?
¡Ah sí! Político, seguro; presidente, quizás. Al final tal vez hubiera terminado siendo como ese chico, ¿cómo se llama el de los ordenadores? ¡Ah sí! Bill Gates.

Claro, por su afición a esas máquinas, hubiera sido un empresario del sector…
¡Paf!, -hace con su mano como si intentará pegarme una bofetada y reproduce la onomatopeya con su boca-. No, muchacho, sería lo que soy en la serie, pero sin la capa y el antifaz, un filántropo. Eso sí muy mayor, como Bill (Gates), George (Soros) o Gordon (Moore). Pero no daría calderilla como ellos, donaría dinero de verdad.

(Aquí hay que hacer un inciso: de Bill Gates, fundador de Microsoft, se dice que ha dado cerca de 28 mil millones de dólares en apoyo a universidades, proyectos científicos e investigaciones para combatir enfermedades. De George Soros, inversionista de origen húngaro, se cuenta que ha donado 7 mil 200 millones en apoyo a causas sociales.
Y de Gordon Moore, creador de Intel, se cuenta que sus donaciones a la capacitación del personal que trabaja en el campo de la salud y el desarrollo de las investigaciones científicas ascienden a los 6 mil 800 millones de dólares).

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Volvamos al comienzo, en uno de los relatos se dice que Joe Chill es hijo de Alice Chilton, mujer que cuidó de usted de pequeño. Chill (ese sería su alías en el mundo del crimen) asesinó a sus padres en venganza al maltrato o al no pago de unos dineros por la liquidación de ella como empleada. ¿Qué sabe de esto?
¡Pamplinas! Eso fueron versiones publicadas en el Daily Planet. Clark Kent siempre utilizó su poder de influencia con el editor de ese periódico, Perry White, para escribir lo que se le daba la gana. Superman es de acero, pero su verdadero y más fuerte poder es que tiene un periodista dentro de él y así la prensa está en su favor. Kent es su relacionista público. Gracias a eso, redactó artículos que insinuaron esa idea, pero no es verdad. Alice sí trabajó con nosotros. La recuerdo como una señora bondadosa y muy tierna, pero su hijo era un adolescente incorregible. Y claro, lo que pasó esa noche fue resultado de eso y de la droga a la que se hizo adicto. ¡Pobre chico! ¿Me puedo sentar? Es que las rodillas ya no resisten el peso del traje y la capa.

Sí, claro, adelante, señor Batman. Su lío con Superman lo dejamos para más adelante. Otra versión dice que su padre, como candidato a la Alcaldía de Ciudad Gótica, tendría en esos momentos nexos con la mafia, que lo aupó a esa aspiración, pero luego él quiso deshacer esa relación, y que Chill sólo apretó el gatillo, pero los autores intelectuales fueron otros. ¿El asesinato de sus padres fue una conspiración?
No sé, ha pasado mucho tiempo y no se ha podido comprobar, pero que hubo “bala mágica”, como en el asesinato de Kennedy, de eso estoy seguro. Ello me llevó a pensar que Chill, esa noche en el callejón, como Oswald, en Dallas, no actuaron solos. De todas maneras, espero aclararlo algún día, quizás contacte con los MythBusters (Los cazadores de mitos) para hacerlo. Eso sí es investigación profesional y efectiva, tal vez el gobierno de Estados Unidos deba contratarlos para definir de una vez por todas quién o quiénes mataron a Kennedy. Y si solicitan que investiguen el asesinato de Lincoln, quizás les hagan rebaja de dos por uno.

Su historia es una bola de nieve que ha crecido por el odio y la venganza. Chill mata a sus padres, usted se venga de él, luego el hijo de Chill quiere vengarse y así sucesivamente. ¿No estaría bien dejarlo ya?
Joven, usted está aquí para preguntar o para juzgar. Y para serle sincero, esos dos sentimientos mueven más la humanidad que cualquier otro. Dígame, ¿qué sería de Israel y Palestina sin odio y venganza? Un simple conflicto de tierras que no ocuparía nunca un titular de primera página.

Después de todos estos años en el negocio, ¿cómo ha sobrevivido un superhéroe como usted sin superpoderes?
Con el más fuerte de los superpoderes que hay en este mundo, joven: el dinero y las influencias.

Dicen sus críticos que usted tiene envidia de que Superman pueda volar y usted no… ¿qué opina?
¡Puaj! No me interesa eso, ¡yo la tengo más larga! Claro, hablo de la capa, para evitar malentendidos.

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En 1940, usted coincidió con Superman en la nueva serie ‘World’s Finest Comics’, de Nacional Publications, ¿qué recuerda de entonces?
Hace ya tanto tiempo, éramos dos jóvenes que nos queríamos comer el mundo. Muchos se burlaron de nosotros porque íbamos de mallas y capa, a mí eso me intimidaba, pero Superman, que ya tenía experiencia en el negocio, me dio seguridad para seguir adelante. Fueron los mejores años de nuestras carreras. Luego aparecería la Mujer Maravilla y la Liga de la Justicia, y eso resquebrajo nuestra relación.

¿Qué sucedió?
Lo normal, muchacho, éramos dos machos alfa, como García Márquez y Vargas Llosa, que queríamos aparearnos con todas y pelearnos por ser el líder de la manada. Una vez, Superman me descubrió en el avión invisible de la Mujer Maravilla y aunque ellos dos no tenían nada, sólo había un deseo platónico de parte de él hacia ella, al ver lo que pasaba hubo una discusión que llegó a los golpes. Yo la tenía amarrada con el lazo mágico de ella y estaba a punto de hacerle sentir maravillas, pero ese chico lo impidió. Peleamos y sólo el rápido movimiento de Flash impidió que pasara algo grave. Luego, la Liga de la Justicia se dividió en dos bandos: “supermanistas” y “batmanistas”. Así ha sido desde entonces. Es algo irreconciliable.

Algunos estudios argumentan que Superman es más popular, pero hay mediciones extraoficiales que se pueden hacer hoy en día y ver lo contrario. Por ejemplo, en Twitter (@Batman), usted tiene 125.293 seguidores, mientras el hombre de acero (@SupermanTweets) llega a 71.290. En Facebook, como figuras públicas, Batman tiene 13.281.293 fanáticos y Superman, 7.343.862. ¿Qué opinión le merece?
Demuestra que los tiempos cambian y los gustos por los superhéroes también. Y eso que por la edad, ninguno de los dos está muy interesado en eso de estar comunicado directamente con los fans. Eso quita mucho tiempo. En mi opinión, Superman sigue en el pasado, es inocente y plano. Lo único que haría realzar su historia es una película porno en la que se vea a Luisa teniendo sexo con él y que Lex Luthor trate de impedirlo a punta de kryptonita. Eso le gustaría al público. Por el contrario, el planteamiento de mis aventuras es más oscuro. Eso llama más atención de la gente. Superman es un héroe del pasado, yo soy el superhéroe del presente.

¿Qué tal está el negocio de ser superhéroe hoy en día? ¿Vale la pena serlo?
¡Puaj! No está mal, no hay la crisis de los 50 que casi acaba con todos, pero tampoco es que esté tan bien. Hoy en día cualquiera puede ser un héroe y eso le quita emoción y dinero a muchos. Hace un par de años, en Estados Unidos, por iniciativa de Lee (Falk), se creo un reality show para escoger a los nuevos superhéroes. Seguí la primera temporada, ganó Feedback, un chico que encarnaba bien lo de ser un superhombre pero, como el buen vino, los superhéroes no se dan de la noche a la mañana, les falta tiempo y maduración. La segunda temporada ya no la vi. Luego, ya no lo hicieron más. No entiendo cómo en España han visto dieciséis temporadas de Gran Hermano con Mercedes Milla. Eso dice mucho de este país donde no reina Felipe VI sino las marujas y el cotilleo.

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Ya que toca a España, usted rodó en Barcelona, en 2009, previo acuerdo de DC comics y Planeta de Agostini, con guión de Mark Waid y dibujo de Diego Olmos, ‘Batman-Barcelona: El caballero del dragón’. Un cómic de 48 páginas que fue catalogado por la crítica de este país como “una aventura simplona, que ocurre en Barcelona, pero pudo haber pasado en cualquier ciudad, el escenario es completamente insustancial y la historia es plana”. ¿Qué dice?
¡Puaj! Mire joven, fue un éxito, se vendieron millones de ejemplares, tanto en Estados Unidos como en Europa. Y lo que digan aquí, me tiene sin cuidado. Rodamos en Barcelona, porque una vez nos encontramos con Woody (Allen), después de uno de sus conciertos de clarinete en la Casa Fuster y nos recomendó que la ciudad era la mejor para hacer una obra de esta magnitud. Que por dinero no nos preocupáramos, que el Ayuntamiento subvencionaba cualquier cosa que vendiera la ciudad al mundo. No importaba de qué fuera la historia o si el guión era bueno o malo, lo importante era mostrar a Barcelona, como el lo hizo con Vicky Cristina y salir de aquí con los bolsillos llenos. Además esa portada, en la que estoy con la Sagrada Familia detrás, quedó muy bien y yo salgo muy guapo.

Otra polémica que siempre lo ha envuelto a usted es su relación con su aprendiz, Robín. De hecho, en 1954, el psiquiatra Fredric Wertham afirmó en su libro ‘Seduction of the Innocent’ que: “sus historias son psicológicamente homosexuales y que podían incitar a los niños hacía las fantasías homosexuales, de una forma de la que serían inconscientes”. ¿Qué puede decir ante esto?
¡Puaj! A Robin y a mí nos une algo muy fuerte: los dos perdimos a nuestros padres en similares circunstancias. A los suyos los mató un tal Tony Zucco, cuando presentaban su espectáculo The Flyings Graysons en el circo. Desde entonces, supe que sería un gran apoyo, lo entrené para que ser lo que es hoy: un superhéroe independiente. Siempre ha sido un hermano menor para mí. ¡Puaj! Lo que digan psicólogos, psiquiatras o psicópatas, por muy expertos y estudiosos que sean, me la suda. Que vengan, si se atreven, a mi Baticueva y ahí les demostraré el hombre que hay debajo de la capa y el traje para que dejen de tanto estudio y tantas patrañas. Si no tienen valor, entonces que solo le pregunten a Gatúbela.

De las ocho películas, si no estoy mal, que se han hecho sobre usted, ¿cuál es la que más le ha gustado y cuál es el actor que mejor lo ha interpretado en el cine?
Las que dirigió Tim (Burton) me gustaron, supo administrar ese tono oscuro y gótico muy propio de su estilo, pero no estuve de acuerdo con Michael Keaton. Lo sentí demasiado blando. Recuerdo una anécdota, yo los asesoré para darle más realismo al personaje. Estábamos trabajando Michael, Jack (Nicholson) y Tim sobre cómo debía interpretarme Keaton. Y éste dijo que lo quería hacer con todas las emociones del caso. Entonces, Jack (Nicholson) tomó la palabra y le dijo: “Tranquilo, muchacho, sólo deja que el disfraz hable y serás Batman”.
En la que dirigió Joel Schumacher, (Batman Forever, 1995) con Val Kilmer en el papel, me gustó que Val le metió esa actitud roquera y rebelde que le quedó de encarnar a Jim Morrison en The Doors. Viéndole, pensé que Batman moriría en París y sería enterrado en Père Lachaise. ¡Puaj! La peor sin duda, y eso se reflejó en la taquilla, fue la que hizo George (Clooney) en Batman y Robín (1997). Ni hablar. Y las interpretación de Christian Bale, en las últimas tres, me ha parecido que es muy flaca, sigo viéndolo como Trevor Reznik y sus problemas sicóticos de El maquinista.

Se le olvida uno muy importante…
¿Quién?

¡Adam West! Que saltó de la serie de TV de los 60 para protagonizar la primera película, en 1966…
¡Puaj! Claro que no, joven, lo quise dejar de último para decir que ese es el Batman más cercano al real que yo he visto. Humano, de costumbres intachables, educado, de buen humor, mitad cómic, mitad caricatura. Nada grotesco, bien podía pasar por un pusilánime o zopenco pero es que así son los héroes, no necesitan más sino la inteligencia para salir de cualquier problema. Además, eso de las onomatopeyas: Pam! Pow! Ouch! Bam! Le dio un aire superlativo. Le cuento otra anécdota, cuando se supo que se iba a hacer Batman con Michael Keaton, a los estudios de Warner, en Los Ángeles, llegaron miles de cartas de fanáticos rogando que el protagonista fuera Adam (West). Luego, nos daríamos cuenta que todas esas cartas las había escrito el mismo actor. Esa es la sagacidad del verdadero Batman.

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Y ¿cuál es el villano que le toma más trabajo enfrentar?
¡Puaj! Gatúbela mueve esa cola y saca de concentración a cualquiera. El Capitán frío te deja de esa temperatura, Hiedra es muy venenosa, Pingüino es corto de ideas, Joker es un bromista, el Dos Caras es ambiguo y esquizofrénico, pero sin duda el más difícil de vencer es el Enigma (Acertijo), es que es una verdadera incógnita.

¿Qué tanto tiene usted de murciélago?
Lo mamífero.

¿Pero ellos pueden volar y usted no?
¡Puaj! Y dale con eso, el no poder hacerlo no me limita como superhéroe. Tengo otras habilidades que exploto y les saco más provecho. Eso me hace distinto a otros superhéroes voladores.

Un estudio de la aerodinámica de su capa, hecho por los estudiantes de Física de la Universidad de Leicester, con motivo del estreno de su más reciente película, publicado en el ‘Journal of Special Physics Topics’, afirma que ésta le permitiría planear con soltura desde un edificio, pero que un aterrizaje fatal sería inevitable y usted moriría al estrellarse contra el suelo, como si lo atropellara un coche que va a más de 80 kilómetros por hora. ¿Qué dice frente a este estudio?
¡Puaj! Nadie es perfecto. Ni siquiera los superhéroes lo somos.

La conclusión del mismo estudio recomienda que usted utilice paracaídas. ¿Es posible?
¡Nunca! Sería rebajarle la tensión al personaje. Lo volvería un señorito andaluz.

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Imposible hablar con usted y no tocar el tema de ‘The Dark Knight Rises’ (2012), la película más reciente de Batman, y el asesinato de 12 personas en la noche de su estreno en Denver (EE.UU.), por parte de James Holmes, que iba disfrazado de usted…
¡Puaj! Mire, joven, allí hay algo muy sospechoso. Sin querer acusar ni ofender a nadie, ¿no le recuerda a alguien muy conocido la cara de ese Holmes?

No…
El pelo rojo, las pecas, la mirada perdida, ¿no le dicen nada? Vístalo con una camisa, la pajarita y cuélguele una cámara fotográfica al cuello y es el mismo Jaime Olsen. Eso fue un ataque de los “supermanistas”, vestidos como yo, para quitarme popularidad ante las audiencias. De James Holmes a Jaime Olsen no hay mucha diferencia.

Esa es una acusación grave…
¡Puaj! Ve, ni usted, joven, me cree. El mundo está tan “supermanizado” que no ven con objetividad las cosas. Todos creen que Superman es un buenazo, pero no saben que debajo de esa capa hay un fascista reprimido. Un tipo peligroso que está cerrado al progreso por su conservadurismo rural.

¿Y usted como se considera?
Un ateísta científico.

Algunos ven en este enfrentamiento, la típica lucha de clases. Usted: millonario, con buena educación, cosmopolita, dueño de mansiones, soltero deseado, atleta, inteligente; y él: criado en el campo, padres adoptivos mayores y conservadores, lo ven como un campesino que emigra a la ciudad y consigue un trabajo de periodista a sueldo para poder mantenerse, un obrero…
¡Puaj! Todo eso lo ha alimentado él, desde la prensa. Pero sabe una cosa, puede que yo no vuele y no tenga visión de rayos equis ni sea más fuerte que una locomotora y más rápido que un avión, pero hay una cosa que yo tengo y él no tiene y sé, por terceros, que daría todo por tenerlo.

¿Qué?
Mi batimóvil. Lo que todo hombre quiere en la vida: un auto guapo y grande, muy veloz, sofisticado y con toda la tecnología de punta. ¡Ah! Y que atrae y vuelve locas a las mujeres. Todas las mujeres sueñan con mi batimóvil. ¡Puaj!

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Un colombiano se dio a la tarea de investigar las raíces y el desarrollo de las letras iberoamericanas sobre el deporte más popular en el mundo. Como resultado, entre novela, cuento y poesía, encontró 110 libros que analiza en su tesis doctoral ‘Literatura y fútbol: otros horizontes de la literatura en España e Hispanoamérica’, presentada en la Universidad Autónoma de Barcelona.

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Se llama Luis Alejandro Díaz Zuluaga y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que es el único doctor especialista en literatura y fútbol que tiene Colombia. Y, claro, como tantos otros investigadores, Díaz Zuluaga es otro científico social -cerebro fugado, dirían algunos- que se labra su futuro fuera de ese país.

Nacido en Bogotá un 1 de febrero de 1978 y con una licenciatura en Literatura de la Universidad Javeriana, este furibundo hincha de Millonarios hace cinco años aterrizó en España. Primero, en Madrid. Ciudad en la que hizo un máster en Filología hispánica, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, (CSIC), que se puede considerar el primer tiempo de su trabajo académico. Actualmente vive en Barcelona. A la capital de Cataluña vino para seguir sus estudios, en forma de doctorado, en la Universidad Autónoma de Barcelona, y disputar el segundo tiempo de ese partido personal que lo enfrenta con el tema de la literatura y el fútbol.

Después de siete años de investigación, Díaz Zuluaga presentó su tesis Literatura y fútbol: otros horizontes de la literatura en España e Hispanoamérica, dirigida por el escritor, periodista y profesor español Fernando Valls, ante un jurado que le dio el aprobado para alcanzar el título de doctor. En este partido no hubo necesidad de alargue ni mucho menos de definición con tiros desde el punto penal. Lo suyo fue una victoria por goleada. En Barcelona, en un estadio de fútbol, el Nou Sardenya de Gràcia, hablé con él sobre su tema de investigación: la pelota y las letras.

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¿Cuándo y por qué decidió hacer una investigación de doctorado sobre el fútbol en la literatura hispánica?
Cuando leí los primeros cuentos de fútbol que conocí, que fueron los de Osvaldo Soriano, vi que ahí había un campo de investigación que me interesaba mucho. Pensé que sería suficiente con una tesis de maestría, pero fue apareciendo mucha bibliografía y no tuve más remedio que meterme en un doctorado para poder tener un conocimiento real del tema.

Si se puede hablar de una relación, ¿qué tipo de relación tienen el fútbol y la literatura?
Creo que tienen una relación simbólica, es decir, ficcional, de mentiras, de juego, de ilusión. Por eso pueden darse la mano sin problema.

¿Cuál es la obra más antigua que encontró?
En español, el cuento de Horacio Quiroga: Juan Pólit-Half Back. Supongo que en el mundo anglosajón debe haber algo del siglo XIX. De hecho hay rastros en Shakespeare y en el Popol Vuh. Sin embargo, allí se habla de deportes muy parecidos al fútbol que no son el que nosotros jugamos. Sobre este fútbol moderno, por llamarlo de alguna manera, el primer cuento en español es el de Quiroga.

¿Cuál es la más reciente?
Mercado de invierno, de Philip Kerr, en el mundo anglosajón.

¿Y en el mundo hispánico?
Creo que La inmensa minoría, de Miguel Ángel Ortiz, publicada por Random House.

¿Cuántos libros componen su investigación?
Ciento diez libros entre novelas, cuentos y poseía. Además de algunos de crónicas y unos pocos de teoría.

De acuerdo con su criterio ¿cuál es el más extraño? ¿Cómo lo encontró?
Hay dos libros inesperados: Uno de cuentos de fútbol cubano, -donde el fútbol no representa ningún interés más allá de seguir por TV ligas europeas-, y una antología de textos literarios sobre fútbol hecha en Honduras por una mujer.

¿Cuáles son los títulos de esos libros?
Cábalas y amuletos, de Ariel Lunar; y La garra catracha, de Helen Umaña.

Catracha

Su investigación comprende la literatura hispánica en cuanto al fútbol desde géneros como la novela, el cuento y la poesía, si le tocará escoger un poema de los encontrados en su investigación para hacer enamorar a alguien de la pelota, ¿cuál escogería y por qué?
No escogería nada de literatura. Le regalaría una pelota y lo acompañaría a un parque a patear penaltis, o lo invitaría a ver una repetición de la final de la Champions entre el Liverpool y el Milan del 2005. Ahora, si el gancho fuera por medio de la literatura con un cuento de Roberto Fontanarrosa sería suficiente. Pero si fuera por medio de la poesía, hay muchos versos con imágenes preciosas en Parra del Riego, o en Canal Feijoó. Pero hay un poema de Blanca Varela titulado: Fútbol. Es la vida.

¿Cómo dice ese poema?
Juega con la tierra / como con una pelota / báilala / estréllala / reviéntala / no es sino eso la tierra / tú en el jardín / mi guardavalla mi espantapájaro / mi atila mi niño / la tierra entre tus pies / gira como nunca / prodigiosamente bella. Es más que una invitación a pensar con los pies, es la certeza de que hay quienes tratamos el mundo a las patadas.

¿Es factible considerar a la literatura del fútbol en español como un subgénero de la literatura?
Es arriesgado. Es atrevido. No creo que sea un subgénero. Creo que es más bien un tema con mucho mercado actualmente y por eso las editoriales piden a sus escritores novelas sobre fútbol.

Hay autores consagrados que dicen que del fútbol es difícil escribir una novela porque el fútbol es épico en su momento, el instante es que es jugado, y recontarlo es imposible. Es decir que no vale una segunda narración, porque lo que estamos viendo ya es y lo demás es tratar de condensar lo imposible… ¿Usted que dice frente a esto?
El problema de escribir una novela sobre fútbol es que se piensa que el éxito está en narrar partidos literariamente. Esto hace que siempre se terminen escribiendo historias que apenas tienen el fútbol como excusa para profundizar otros temas ya que eso le resulta más cómodo y viable al autor. Eso sí, siempre con algún partido de fondo. Pero la cosa es más sencilla de lo que parece: una novela sobre fútbol debe contar una historia en la que la pasión por el fútbol sea el hilo narrativo, en el que una visión de mundo condicionada por la pasión por este deporte altere, incida, influya, marque y explique la vida de un individuo. Incluso no sería necesario un partido de fútbol en sí, sino la ilusión constante de vivir como si la vida fuera un partido de fútbol.

¿Por qué muchas de las novelas de fútbol decantan hacía historias del tipo de la novela negra: muertos, corrupción, detectives que investigan casos?
Las mafias y el mundo oscuro del espionaje y las conspiraciones siempre han estado muy cerca del fútbol. Y esto, teniendo como base lo dicho anteriormente, le facilita al autor “escribir una novela sobre fútbol” aprovechando que hoy en día interesan y venden mucho las ficciones narrativas sobre intrigas. En este caso, el fútbol es apenas un pretexto ya que no son novelas futboleras ni mucho menos.

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De acuerdo con su criterio ¿cómo debería ser o en qué debería centrarse una novela de fútbol para ser eso, una buena novela de fútbol?
Una novela de fútbol -eso de buena o mala es un juicio de valor hermenéutico- debe ofrecer la posibilidad de que el lector logre reconocer los elementos por medio de los cuales una persona puede llegar a perder la cabeza -me refiero a darle un vuelco total a su vida, o a empezar a tomar decisiones trascendentales para su vida a la luz del fútbol-, ante la presencia de una pelota de fútbol en su vida. Es eso. Es más: debería también tener las claves a propósito de qué es o de qué elementos está hecha una pelota de fútbol a sabiendas de que una vez llega al pie del hombre, es capaz de robar toda su atención haciéndolo víctima de una situación de juego ficcional, que luego puede llegar a trasladarse a la vida diaria en la mente de ese hombre.

¿Hay futuro para la literatura de fútbol? Más allá de los que se ve cada cuatro años en tiempo de Mundial.
Yo creo que sí. Hay novelas y cuentos muy interesantes que han llamado la atención frente al hecho de que todavía no sabemos qué es lo que nos embruja del fútbol.

Si se hiciera un triangular de literatura de fútbol entre la poesía, el cuento y la novela, ¿cuál saldría ganando? La pregunta va encaminada a qué se escribe más: poesía, cuento o novela de fútbol.
Se publican más novelas, se escriben más cuentos, pero la poesía es el mejor lugar para poder hacerse a una idea de lo que puede ser el fútbol: un universo poético cargado de símbolos y de reglas capaces de dotar a los jugadores de una épica, una tragedia, un drama o una comedia en la que se juega a ganar intentando controlar con los pies un elemento redondo celoso y arisco.

¿Qué autores recomienda para el lector que se acerca por primera vez a este, digamos, subgénero literario?
A mí me gusta mucho leer crónicas. Pero no crónicas de partidos ni mucho menos sino crónicas en las que alguien reflexiona el porqué de lo que pasa en el terreno de juego, interpretando eso a la luz de un contexto social. Puede sonar inútil y contradictorio frente a lo dicho anteriormente. Pero lo que realmente tiene de valioso una crónica es que intenta explicarse a sí misma el porqué de la locura social y deportiva ante el fútbol. Un ejemplo: Enric González. La crónica puede ser una puerta de entrada.

¿Usted jugó o juega al fútbol? ¿Qué posición hacía? Como escritor y futbolista aficionado, ¿qué es más difícil escribir sobre fútbol, bien sea novela, cuento o poesía, o anotar un gol en un partido?
Jugué fútbol desde muy niño. Era mi vida. Quise ser futbolista pero tuve lesiones y ahí se acabo todo. Jugaba de delantero. Creo que es más difícil anotar un gol por toda la dificultad que tiene el juego con rivales y con una pelota en disputa. Además, no he intentado todavía escribir sobre fútbol pero creo que también puede ser muy difícil si no hay pasión. Quien juega al fútbol es un apasionado.

¿Y quién escribe literatura de fútbol?
¡Un soñador!

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(Haz clic en el enlace o en la imagen,
abajo, 
para ver la historia  en .pdf)
Publicado en el periódico EL TIEMPO, 3 de junio de 2015

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“¡Ponle Di Stéfano!”

Al comienzo del verano, el diario MARCA hizo eco de este relato publicado
en Desde la multitud, en homenaje a Alfredo Di Stéfano y Pini.
Aquí está para recordar.

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Haz clic en la imagen para leer completo. Publicado en Marca, lunes 21 de julio de 2014.

 

Cada año, desde 1997, el primer domingo de octubre, se celebra en la Toscana,
L’Eroica. Una carrera retro-vintage que le rinde culto al pasado del ciclismo.
Sobre carreteras sin asfaltar y caminos de tierra, entre los viñedos que producen
el famoso Chianti de la región, miles de ciclistas empujan sus pedales para revivir
los años dorados de la bicicleta. Benvenuti.
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(Haz clic en la imagen, arriba, o en el enlace, abajo,
para leer la historia completa en .pdf)
Publicado en revista DONJUAN, 14 de junio de 2014

 

 

 

Un lugar recomendado para los que visitan Barcelona.

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(Haz clic en la imagen, arriba, o en el enlace, abajo,
para leer la historia completa en .pdf)
Publicado en revista GACETA, 1 de junio de 2014

“Ponle Di Stéfano”

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Hace unos meses, creo que fue en diciembre, mi padre, desde Palmira, a través del teléfono, me dijo: “Ponle Di Stéfano a tu hijo”. Al terminar la conversación, el móvil dio señal de que la llamada había finalizado. Por unos minutos, quedé absorto en esta Barcelona, cavilando en esa posibilidad: Di Stéfano. ¿Por qué no?

Y es que desde que tengo memoria, ese apellido ha sido mencionado por mi padre como sinónimo de fútbol. Huelga decir que de cada cinco conversaciones que tengo con él, cuatro son acerca de este deporte. Repartidas así: tres de y sobre Alfredo por una de Millonarios. La otra, la quinta, se confunde entre temas varios que van desde cómo va la vida de un servidor en Barcelona hasta los más recientes acontecimientos del resto de la familia en Palmira.

Por ese Alfredo, él se hizo hincha de Millonarios de Bogotá. El “Ballet azul” del “cinco y baile” lo conquistó para siempre. Cada vez que me habla de ese equipo, integrado entonces, además de Alfredo, por Pedernera, Cozzi, Rossi, Báez, Zuluaga y Pini, entre otros, sus ojos brillan. Él vuelve a la niñez.

Por eso, días antes de que un servidor (yo) fuera padre (mi hijo nació en enero), Pini me llamó. Sí, él mismo se cambió su nombre de pila, Ramiro, por el Pini que se pedía ser de niño, a fuerza de la costumbre, cuando jugaba a la pelota, en cualquier descampando o potrero de Palmira. No entiendo porqué escogió Pini y no Di Stéfano. Quizás de ahí, queriendo corregir esa errata, el espontáneo “Ponle Di Stéfano…”.

“Ponle Di Stéfano”, dijo a través de la línea telefónica que une dos continentes: América y Europa. El mismo camino que hizo Alfredo cuando fue traspasado del Millonarios de Bogotá al Real Madrid de España. Pini lo siguió y con Alfredo se hizo hincha del equipo blanco.

Recuerdo que, hace seis años, cuando le dije que, junto con mi esposa, nos veníamos de Colombia a vivir a España, sus ojos brillaron de felicidad. Elucubro que su mirada de alegría no fue tanto por nosotros y el futuro que se nos abría, sino porque íbamos a estar cerca de Alfredo.

Cuando le dije que el lugar de destino era Barcelona, 600 kilómetros distanciada de Madrid, noté algo de decepción. Sentimiento que cambió con el pasar de los días y las llamadas. Recuerdo que en cada una de ellas, antes de preguntar por cosas nuestras en Barcelona o contarme de las suyas en Palmira, siempre ha comenzado la conversación preguntando por Alfredo. Como si el futbolista argentino viviera en nuestro mismo barrio, Guinardó. Y escribo futbolista, porque si de algo me ha convencido mi padre, es que el prefijo ex es muy corto para ponérselo y calificar así a alguien tan grande.

Una o dos semanas atrás, Alfredo murió en Madrid. Tenía 88 años. Él, que nunca disputó un Mundial de Fútbol, falleció en medio del torneo de la FIFA en Brasil. No había partidos ese día. Desde entonces, Pini no ha vuelto a llamar. Es como si con Alfredo el fútbol también hubiese muerto. Y con su silencio guardase un luto respetuoso y riguroso.

En unas semanas lo visitaré en Palmira. Le presentaré a su nieto de seis meses. Y con el mismo silencio que guarda él a la memoria del fútbol, que es lo mismo que decir a la memoria de Alfredo, le entregaré la edición de MARCA con el suplemento especial sobre la muerte de Alfredo. Seguro que sus ojos volverán a tener ese brillo de la niñez cuando observe la tapa del diario deportivo y vea que, como homenaje, ese periódico decidió bajar su cabecera a la mitad de la página, para poner a Alfredo por encima de todo. Ellos, a su manera, siguieron su consejo: “Ponle Di Stéfano”.

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La emboscada

Colombia cayó en la emboscada que Brasil le planteó en Fortaleza. De entrada, se sabía que iba a ser así. Toda la previa, Luis Felipe Scolari y los medios brasileños vendieron el partido de cuartos de final del Mundial como un espectáculo de buen fútbol a los ojos de los aficionados. Pero era solo eso. Populismo. Porque desde que Brasil perdió con Italia en el Mundial de 1982, el ‘jogo bonito’ no es propiedad ni práctica ni característica principal de los ‘verdeamarelhos’.

Se sabía eso. Pero Colombia cayó como un novato en el primer día de la universidad en la emboscada tendida por técnico y jugadores canarinhos. James, Cuadrado y los demás esperaban un juego abierto y de mucha calidad en ambos equipos. Estaban preparados para ello. Pero no fue así, Brasil salió hacer su trabajo. Más por miedo que por técnica y llevó a la Colombia de Pékerman a lo que más quería Scolari, la lucha cuerpo a cuerpo. Como el boxeador que es más fuerza y que, al verse limitado, busca llevar a su contrario a fajarse en el uno contra otro, olvidándose de la técnica.

Eso fue el duelo entre Brasil y Colombia. Un juego en el que primo más lo físico que la habilidad. De ahí que el primero haya perdido a Neymar. De ahí que en el segundo, James se tirara al piso a quitar un balón y cediera la falta para el gol de David Luiz.

Por los choques y ‘tackles’ pareció por momentos más un partido de fútbol americano entre los Rams y los 49ers. Cuando Colombia se quito el casco y el uniforme de los 49ers, al que la había llevado los Rams; perdón, Brasil, fue otra cosa. Ya cuando entró de nuevo en el juego, ese que le llevó a ganar contra Grecia, Costa de Marfil, Japón y Uruguay, era tarde. Brasil le ganaba 2-1. Con un primer gol que solo se lo hacen a un equipo de principiantes. Tiro de esquina al primer palo, la peina un futbolista para que entre otro, solo, al segundo palo y remate. Vale hasta con la rodilla.

Pero la Selección se recompuso y arrinconó a Brasil contra las cuerdas. James lideró el espíritu de remontada y anotó de penal. Con el cuchillo entre los dientes, los brasileños reventaban balones a cualquier parte del estadio. Queda la idea de que Colombia desperdició el primer tiempo y cuando pudo, el reloj no le alcanzó. Brasil, muy corto de juego, pero intenso, pasó. Colombia, temerosa al principio, arriesgada al final, llora. No por la derrota. Sino porque al final entendió que jugando a la pelota, como siempre lo hizo en este Mundial, le pudo haber ganado al pentacampeón. Y luego dicen que la historia no pesa. Pesa hasta para ser emboscados.

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